
A menudo iniciamos luchas por seguir nuestros principios. Nos enfrentamos a gigantes porque, aunque los demás nos digan que son molinos de viento y luchar es una tontería, creemos que es lo correcto. Luchamos y luchamos, sin ayuda ni apoyos, dandolo todo. Y, entonces, descubrimos que da igual.
¿Qué hemos mejorado? Nada.
¿Qué hemos conseguido? Nada.
¿De qué ha servido? De nada.
Entonces es cuando, ya sin fuerzas, tiramos la toalla. No puedes seguir luchando por algo que sabes que no lograras ni nadie valora. Da igual las pequeñas batallas que ganes, al final el resultado de la guerra lo conoces y no es el que tu querrías.
Es el momento en el que los heroes de las causas perdidas abandonan porque, en realidad, da igual lo valiente que seas o lo mucho que te esfuerces, no puedes ayudar a quienes no quieren ser ayudados.
Es el momento en que Don Quijote recupera la cordura y se da cuenta, finalmente, de que todo es inutil, sólo eran fantasias en las cuales vivía una vida que tenía un proposito pero que los demás tildaban de locura.
Y, sin embargo, no dejas de dar vueltas a que tal vez hubieses podido hacer algo más. No sabes el que, evidentemente si lo supieses lo habrías hecho, pero algo que se te ha pasado por alto. Tal vez fuese un detalle casi imperceptible. A lo mejor algo evidente para todos menos para tí. Pero algo has pasado por alto y sabes que, independientemente de que hayas abandonado tu causa pérdida de antemano, le darás vueltas siempre a lo que pudiste hacer y no hiciste, torturandote con los "¿Y sí...?".
Y, como le ocurrió a Don Quijote, a nadie le importará. Salvo a tí.